Quizás atraído por las auspiciosas capturas de centolla que se obtiene en aguas del golfo San Jorge, el chileno, Rubén Fondes Prado, con su hábito de pastor a cuestas salió de su Concepción natal para internarse en la provincia de Santa Cruz, más precisamente en Puerto Deseado: su objetivo principal ; conseguir dos permisos de pesca para capturar centolla fresca y procesarla en tierra.
Con ese afán recorrió despachos, según dicen las fuentes, se entrevistó con gremialistas y cuando apuró la noche pernoctó en viviendas empresariales y hasta habría quedado debiendo unos pesos en un estudio jurídico donde buscó asesoramiento para traer al país un barco “de bodega inundable”.
“Quiero hacer un acuerdo de operación conjunta para que la provincia me de los permisos de pesca, y voy a demostrar como se trabaja la centolla fresca conservando toda su pureza”, alardeó, tratando acaso de conseguir la garantía de alguna planta generosa.
Pero en la provincia las autoridades pesqueras le desconfían, y admiten por lo bajo que por más que lo avale el STIA, la propuesta del religioso despierta más recelos que entusiasmo sobre todo cuando aún sigue fresco en la memoria de los trabajadores, el estrepitoso fracaso de Yaganes.
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